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ETIQUETA REGIA Y PATRIMONIO INMATERIAL.

No está en contradicción lo público representativo o conmemorativo con lo estrictamente cultural, pudiendo más bien lo uno volverse trasunto de lo otro y viceversa. «La naturaleza los alterna —diremos con Gracián— y el arte los realza.» Prueba reciente y fehaciente de ello fueron los actos de homenaje a la Bandera que el pasado día 30 de mayo tuvieron lugar en Barcelona. El desfile de las enseñas tradicionales (barras, cadenas, coronas, leones, castillos...,más las mil variantes de la Cruz de Borgoña) y el compás de fanfarrias y marchas de otros tiempos (la de Granaderos, fundamento remoto de nuestro actual Himno Nacional, a la cabeza) concitaban la evocación histórica y dejaban muy a la vista el destello de lo que desde una consideración harto específica merece llamarse patrimonio inmaterial. Y si algo faltó fue la plenitud del ceremonial que a dicho patrimonio cumple y del que es parte sustantiva.

De común, y a tenor de los dos factores insertos en el enunciado, se denomina patrimonio histórico-artístico aquel conjunto de objetos materiales, muebles e inmuebles, que constituyen, sin dejar de serlo de la Humanidad en general, el particular legado de un pueblo, de cada pueblo. Junto a él hay, sin embargo, otro patrimonio de análogas características, pero de carácter inmaterial. No se concreta en objetos, sino en ceremonias y prácticas rituales que, de no acomodarse a su pertinente y periódica representación, pierden su legítima condición de cultura viva. Su propio hacerse y mostrarse entrañan la única forma de supervivencia cultural. Tal y no otra es la circunstancia del ceremonial, etiqueta o protocolo de la Real Casa española,. cuyo legado inmaterial (excepcional y distinto donde los haya) corre el riesgo de esfumarse en el desuso o parar de la letra muerta de futuros y no tan futuros eruditos.

Vienen a cuento estas consideraciones con motivo de la festividad de San Juan, en la que el felizmente reinante Juan Carlos I mantiene la costumbre de festejar su onomástica con una recepción pública, aunque muy a la zaga de las solemnidades que para la ocasión dicta la tradicional y real etiqueta y recoge con todo pormenor de la Guía palaciana. ¿Por qué no resucitar en fecha tan señalada (y en atrás cuantas, como luego ha de verse, de parecida significación y participación masiva) aquellas previsiones del ceremonial palaciego, de carácter, digamos, abierto tanto a nobles y gobernantes como a las representaciones populares y a todos los grados, sin excepción, de la propia servidumbre de Palacio? ¿No sería un primer paso recuperador de ese patrimonio inmaterial que otras .Monarquías (sea ejemplo ;la de Inglaterra) respetan a ultranza y sin menoscabo alguno de la forma democrática de gobierno?

Día de Santos de los Reyes es el título específico con que la real etiqueta española (el término protocolo se ajusta menos a la norma o costumbre) .inscribe la festividad de su onomástica. A ella concurre todo el elemento eclesiástico, civil y militar, junto con los Grandes de España, nobleza palatina, la servidumbre de la Casa Real y el pueblo llano, previa solicitud y correspondiente recibo (que no pocas veces se resolvía mediante la fórmula imparcial del sorteo). La ceremonia se desglosa en tres actos harto diferenciados o distintivos. Antes de la recepción general el Rey recibe por separado a cada uno de los Cuerpos colegiados, Senado y Congreso, cuyos respectivos presidentes pronuncian un breve discurso de felicitación. Este primer acto, al que tienen acceso tanto los representantes de pleno derecho como los simples invitados, acontece en la Cámara y se desarrolla en términos de una cierta y premeditada informalidad: el Rey en persona se dirige a la concurrencia y dialoga, a la llana, con cualquiera de los presentes.

El segundo acto, pleno de solemnidad y del todo conforme a gala rigurosa, tiene lugar en el salón del Trono, que ocupan los Reyes sentados en los dos sillones monumentales de tiempo de Carlos III. Cada uno de los concurrentes desfila ante los Monarcas, a los que saluda cuadrándose y sin detenerse. Ocupan plaza a la derecha del Trono los Grandes de España y el Gobierno; a 1a izquierda se sitúan los Príncipes, Infantes y demás personas de la Real Familia, sentados en sillones de damasco carmesí, y a continuación, y en pie, las damas de la Reina. Enfrente tiene su puesto el Cuerpo Diplomático extranjero con el primer introductor de embajadores, y a seguido, en una o dos filas, la oficialidad mayor de alabarderos, la de la escolta real, los mayordomos de semana y toda la clase. Detrás de los sillones de los Reyes se colocan, de pie, los jefes superiores civiles —excepto la camarera, que asiste a ;la cabeza de las damas— y el de la Casa Militar. Durante la recepción, diversas bandas de música interpretan en la plaza de la Armería marchas Militares.

La Antecámara es el lugar preceptuado para el tercer acto, que cobra una muy dispar significación. En dicha estancia se desarrolla, por un lado, la recepción de las señoras del Cuerpo Diplomático extranjero y, por otro, se da cumplimiento a la ceremonia de felicitación de la servidumbre de Palacio, ritual y emotivamente citada como besamanos de familia, con 1a asistencia de los jefes de cuarto, ujieres, mozos de oficio, oficiales menores de alabarderos y algún personal de caballerizas. La recepción da paso a lo largo del día a la fiesta, en la que la gala pública cede un tanto al esparcimiento familiar. Con toda intención relato en presente esta acotación somera del Día de Santos de los Reyes, tanto por sumarme a la felicitación en la onomástica de Don Juan Carlos I como por no saber de ninguna disposición, o decreto que haya venido a suprimir un recordable capítulo, entre otros muchos, de1 nuestro patrimonio inmaterial. Y quien quiera descubrir cuánto hay en él de vivamente cultural y rigurosamente histórico repase :lo escrito por; Antonio Sánchez Pérez en el cuaderno 27. tomo II, de la Guía palaciana.

Ni han contado ni cuentan; otros muchos Estados con un ceremonial tan colmado de historia como el que adorna al nuestro en su forma constitucional de Monarquía. Algunos de aquéllos tomaron de ésta, para incorporarlas a su patrimonio histórico inmaterial, no pocas de sus normas y prescripciones, siendo penoso comprobar que en tanto por aquí se amenizan las ceremonias representativas con marchas y pasodobles tomados de revistas musicales, suenan en otras latitudes, y para auge de su protocolo brillantes compases nuestros y muy nuestros (tal. entre otros, el caso del españolísimo Abanico, cuyas notas han quedado definitivamente a merced de la Corona británica). Recuperar formas tales de manifestación de lo propio no es sino enriquecer o revitalizar nuestro patrimonio histórico-artístico, que tan a la cabeza va del resto (¿el segundo, si no el primero, del mundo?) en su doble vertiente material e inmaterial, y con la ventaja, por lo que a lo último atañe (y en contra de lo que pudiera mal pensar el adicto a la demagogia), de no ser económicamente gravoso.

Incluso en tiempos de penuria, que los hubo, no decreció en un ápice la real etiqueta a la española. «Poco se come —parece que fue dicho popular en tiempos de Enrique III—, pero en vajilla de oro y con las mejores galas.» No pocas veces obedeció a inopia la pregonada austeridad de nuestros Reyes, tan ricos en honores, y con cuánta dignidad no llevaron nuestros hidalgos —Lazarillo de Tormes en mano— su flojera de estómago y de nalgas: «porque el hartar es de los puercos y el comer regladamente es de .los hombres de bien». Cuéntase del referido Enrique III que en cierta ocasión hubo de vender su gabán para mitigar con toda honra su hambre, y se dice que en otra ocasión Don Fernando el Católico convidó a su tío, el almirante Henríquez. con estas sintomáticas palabras: «Quedaos, que hoy tenemos pollo». Aún más, en la Corte de1 mismísimo Emperador Carlos I prevaleció el ornato de la mesa sobre el placer de las viandas, si se da crédito a aquello de que su bufón predilecto, don Francesillo de Zúñíga, se desprendía a los postres de su anillo y, por consolar a la Emperatriz, decía en voz alta: «Ahí va eso para que esta buena señora no se quede hoy sin dulces».

Suelen traerse a colación estas y otras anécdotas similares para resaltar, con hipérbole, cómo en la mesa de nuestros Reyes tuvieron los modales rango superior a los manjares, viniendo de ello la fama de modelo con que muchos comentaristas dan en distinguir la etiqueta española en e1 banquete regio, «así por la elegancia y riqueza del servicio como por la suprema discreción que reina en las conversaciones». Y si tal es la suma de virtudes que caracterizan la ceremonia en que lo material va de por medio, cuál no será el esplendor de aquellas otras que atienden primordialmente al espíritu. Difícil, por ejemplo, resulta hallar en la etiqueta foránea el fasto con que en la nuestra se acoge el nacimiento del Príncipe y se celebra su bautizo, y tampoco parece fácil de emular la pompa que acompaña al Rey difunto (el no lejano traslado de los restos mortales de Don Alfonso XIII constituyó, en sentido contrario y a juicio de muchos, todo un modelo de omisión u olvido de ese patrimonio histórico inmaterial tan merecedor de salvaguarda como aquel otro que se concreta en objetos muebles o inmuebles).

Junto a los ya indicados, los actos más significativos de a real etiqueta española son, en resumen, los que siguen: reconocimiento y jura de1 Príncipe de Asturias; lavatorio y comida de los pobres el Jueves Santo; imposición de la birreta cardenalicia; cobertura y toma de almohadas de los Grandes de España; recepciones de príncipes diplomáticos; juramento y Consejo de Ministros; recepciones, audiencias y capillas públicas. Todos ellos tienen lugar en Palacio, produciéndose fuera de él las bodas reales, que constituyen, sin duda alguna, la mayor solemnidad de cuantas preceptúa la real etiqueta (las dos últimas Reinas de España que celebraron nupcias lo hicieron, respectivamente, en la basílica de Atocha y en .la iglesia de los Jerónimos). Fuera igualmente de Palacio, y por razones obvias, el Rey preside el acto oficial de apertura de las Cortes. De entre .todos estos actos protocolarios hay dos que en virtud de su amplia convocatoria, y conforme a lo dicho del Día de Santos de los Reyes. merecen particular comentario: las audiencias y las capillas publicas. Correspondientes a los ciclos del año litúrgico.

Es de resaltar, por lo que hace a las Audiencias, su carácter publico e indiscriminado. Cualquier español puede solicitarla del Rey y de su familia, y acudir a ella sin otra cortapisa protocolaria que la cita de oficio y el presentarse decorosamente vestido; exquisita atención, a mi entender, premeditadamente encaminada a no condicionar o cohibir la natural desenvoltura del pueblo llano. Se exige, por el contrario, etiqueta (frac, levita, chaqué... o uniforme sin gala) a los representantes públicos o de rango y clase. Para todos es de rigor hacer tres cortesías o saludos antes de estrechar la mano derecha ofrecida por el Rey e inequívocamente retirada al que quiere besarla. El visitante ha de permanecer en silencio hasta que el Rey pregunte, siendo igualmente el Monarca quien, mediante un saludo, da por concluida la entrevista. Frente al fasto de otras ceremonias destaca, por su propia indiscriminación, la cortés sencillez de las audiencias, y es costumbre consagrada que el Rey disculpe sin palabras o deje voluntariamente inadvertido el que algún visitante no le dé, por distracción o falta de hábito, el tratamiento que le cumple.

Reciben nombre de Capillas públicas aquellas solemnidades religiosas a las que tradicionalmente acude el Rey acompañado de su familia y de toda la Corte. Se celebran en la capilla de Palacio (de ahí la denominación) con ocasión de las 16 fiestas mayores correspondientes a los ciclos del año litúrgico. Y es en el ritual de estas capillas públicas donde la solemnidad religiosa coincide con la gala regia y la natural expectación popular. Las preside el Rey acompañado de la Grandeza de España (en algunas de ellas podían los Grandes cubiertos ejercer su privilegio excepcional, autoridad civil. jerarquía eclesiástica y altos mandos militares. Previa solicitud y recibo, cualquier ciudadano tiene acceso al desfile palatino y a la ceremonia litúrgica (es fama que los sectores populares de Madrid se disputaban el puesto, jactándose no poco los favorecidos). El publico asistente al paso de la comitiva se sitúa a ambos lados de la galería, detrás de la doble fila que cubren los alabarderos, ocupando los presentes en la capilla (las mujeres a la derecha, y a la izquierda los hombres) el brazo del crucero que da al ingreso.

Masiva fue, como digo, la concurrencia popular a estas capillas públicas, y mucho más a aquellas otras celebraciones que, al amparo de la Corona y dependencia de la Real Casa, no exigían ni exigen más requisito que la puntualidad. Pocas ceremonias hay en todo el mundo, me creo, en posesión de valores litúrgicos, culturales y patrimoniales (de índole material e inmaterial como los representados por la procesión de Viernes Santo en el monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, y pocas también, por desgracia, las que de su no lejano esplendor han venido a dar, como ella, en su actual deterioro. Recoge esta procesión de Viernes Santo toda una gloriosa tradición de tiempos de Carlos I (fue fundado el convento madrileño por su hija Doña Juana), rigurosamente mantenida por las Casas de Austria y de Borbón y llegada hoy a un punto inadmisible de arbitrariedad y descuido. ¿Cuántos actos litúrgicos cuentan, aquí o allá, con una música vocal expresamente compuesta por Tomás Luis de Victoria o con tapices encargados «ex profeso» a Rubens o con un Cristo yacente del privilegio (es el único en el mundo cuyo costado sirve de Custodia eucarística) del de Gaspar Becerra?

Se inicia la procesión la tarde del Viernes Santo y discurre por el claustro público, de cuyas paredes cuelgan .los soberbios tapices de Rubens, en los que el paso del tiempo y el roce de la concurrencia han dejado huella y amenaza (¿por qué no se les suple por copias fieles, fomentando con ello la labor que tanto demanda la Real Fábrica de Tapices?). Culto y cultura se hermanaban en la fastuosa expresión de una solemnidad de no oculta evocación contrareformista y claros fervores populares. Y hablo ahora en pasado porque, de dos años acá, la aberración ha sentado en ella sus reales. Con la anuencia del capellán, la llamada Asociación Cultural (?) Covadonga .ha impuesto impunemente el arbitrio (hachones neomedievales, becas con extrañas insignias, botas de cuero negro, de corte entre militar y gaucho...) de lo que pudiéramos llamar ultranacional-catolicismo. Es de esperar que el Patrimonio Nacional-Real Casa, a quien corresponde el cuidado de esta ceremonia (la más relevante, sin duda alguna, de nuestra Semana Santa), ponga coto a tamaño desatino.

Homenaje sincero a la Real Persona en la festividad de su onomástica, vengan a concluirse estos escritos por donde se iniciaron. Lejos de toda recíproca discordia, el acto representativo, propiamente histórico, entraña comúnmente una dimensión específicamente cultural, sin que de ella se ausenten valores genuinamente populares (la naturaleza alterna lo uno y lo otro, y el arte los realza). Tan digno de cuidado es el patrimonio inmaterial como el material; que no se trata tanto de salvar piedras muertas como aquellas formas de vida constitutivas de lo propio. Sintomático parece que .las más actualizadas orientaciones en materia histórico patrimonial den mayor relieve al aspecto ético (conjunto de costumbres y formas del vivir) que al puramente estético (el arte por el arte, y el monumento por el monumento), y no estaría demás que de tiempo en tiempo volvieran a la luz algunas de las representaciones de la Real Etiqueta Española, de entre las que, por su propia, rica y ya comentada interpelación, el Día de Santos de los Reyes constituye fiesta mayor entre las grandes.

ABC - 21/06/1981

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