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¿VIENE EL GUERNICA?

De un tiempo a esta parte viene el Guernica jugando a las mil maravillas el papel de serpiente de verano, sin demérito, por supuesto, o mengua de sus tantas otras connotaciones. Raros han sido (a contar del primer vislumbre democrático, la ulterior coyuntura de consenso y la actual disputa autonomista) el julio quemante y el llevadero agosto que hayan dejado de traer a colación o fiar a conjetura el status legal de la célebre pintura picassiana. A los ya manidos aspectos de juridicidad (si ha lugar o no al cumplimiento de las cláusulas que el donante impusiera), de seguridad (si la hora presente resulta oportuna o intempestiva para hacer nuestra la obra donada) e incluso de alta política (si deben intervenir Gobierno y Parlamento, o cumple la decisión al mismísimo Tribunal de La Haya) termina por sumarse, inequívoca y ritualmente, la cuestión de su definitivo asentamiento.

De forma igualmente inequívoca, y apenas se hace presente la estación estival, la noticia suele llegarnos de Nueva York. El año pasado, mediada ya la primera quincena de julio, apareció un artículo en las páginas del The New York Times, firmado por Hilton Kramer. En él se recogían estas declaraciones textuales del español José López-Rey, profesor durante más de treinta años en el Instituto de Bellas Artes de Nueva York: "En mi opinión sería prematuro enviar el Guernica hasta que el Museo del Prado tenga todo lo necesario para su instalación permanente".

Dando por segura (a tenor de la cláusula literal de la donación picassiana) la definitiva instalación del Guernica en el Museo del Prado, coincidía entonces el profesor López-Rey con el abogado de la familia Picasso, Roland Dumas, y con el articulista, Hilton Kramer, en el buen cuidado que la notoria fragilidad del cuadro exige o exigirá de sus presuntos guardianes madrileños. También nosotros coincidimos y no dejan de abundar en la coincidencia los propios responsables del museo, pese a que (y no por culpa de ellos) las obras de climatización que allí se están llevando a cabo disten no poco de responder a la celeridad y acomodo exigibles. ¿Reúne, en fin, el museo del Prado condiciones u ofrece garantías para la adecuada conservación y exhibición pública de la universal obra picassiana? A juicio de su director, profesor Pita Andrade, ni hay, ni habrá problema; el Guernica será recibido con los brazos abiertos, y si ha de habilitarse, una sala especial, quedaría al punto habilitada.

Fiel al rito estival, vuelve a repetirse la historia, y la serpiente de verano torna a recorrer las páginas de la prensa neoyorkina. A finales del pasado mes de junio, reincidía el New York Times en la ya consabida promesa, y con verdadero alarde tipográfico:

"El Guernica, el famoso cuadro antibelicista, será enviado, en un futuro no lejano, al museo del Prado, de Madrid, donde se quedará de forma permanente". Veraz o no (allá se verá), la noticia viene ahora motivada por la exposición antológica que el Museo de Arte Moderno de la cosmópolis norteamericana piensa dedicar al inmortal malagueño. Tendrá lugar el próximo mes de noviembre y '"será —subraya el diario neoyorquino— la última oportunidad de ver aquí el Guernica".

Bajo el título Pablo Picasso: una retrospectiva, la exposición del Museo de Arte Moderno de Nueva York pretende dar cabida a más de seiscientas obras, obedientes a las más diversas técnicas: pintura, escultura, dibujo, grabado, ornamentación, diseño... Esta es la primera vez que el Museo de Arte Moderno abre sus salas a la obra de un solo artista. "Pocos artistas —ha enfatizado el director del museo, William Rubin— podrán llegar a alcanzar tal privilegio". La exposición ha sido cuidadosamente concebida, con el ánimo de festejar el cincuenta aniversario de la fundación del museo de arte moderno más y mejor nutrido del mundo.

Contará la muestra antológica con fondos provenientes del Museo del Hermitage, de Leningrado; el Museo Pushkin, de Moscú; la Galería Nacional, de Praga; la Galería Tate, de Londres; el Museo Beaubourg, de París, y el Museo de Picasso, de Barcelona, rico en obras de la infancia y adolescencia del genio. A todos estos fondos hay que sumar los procedentes de dos colecciones fundamentales: la privada de Picasso y la que el propio Picasso donó al Gobierno francés. La primera está hoy, lógicamente, en manos de herederos, pero sin detrimento de su conjunto. La otra abarca, aproximadamente, el cuarenta por cien de la creación picassiana, a la espera (de aquí la moratoria de la exposición) de que se cumplan las cláusulas testamentarias y pueda hacerse efectivo el préstamo, y al cuidado de un comité de historiadores de arte que se encargarán de seleccionar las obras con destino eventual a la ciudad de los rascacielos.

Engrosada, pues, la serpiente de verano con el anillo de esta magna exposición antológica, que a su cabo traería por feliz consecuencia la entrega del Guernica a su legítimo dueño (¿el pueblo español?), vale la pena retrotraer la atención a otras razones expuestas por uno en julios y agostos pasados, capaces, tal vez, de fijar los límites estrictos que al caso competen. Se habla, por ejemplo, de la devolución o del retorno del Guernica, ¿Cómo se podrá devolver a España lo que nunca en España estuvo? ¿Por arte de qué magia, o en virtud de qué imposible metafísico, retornaría acá lo que de acá no partió? Se dice o se lee que el Gobierno español está tomando las medidas conducentes a reintegrar a sus tesoros la valiosa pieza picassiana, sin advertir que, por animosos que se muestren los gobernantes, no cuentan con poder o facultad para exigir semejante reintegro, como tampoco los tiene el gobierno estadounidense, por probada o probable que fuera su buena voluntad, a la hora de decidir acerca del envío.

¿De quién es el Guernica7 ¿Volverá por estos pagos? ¿Cuándo? ¿Dónde sería emplazado, caso de efectuarse su traslado desde Manhatan? Por unas u otras causas, estas cuatro preguntas, convertidas o no en reptil estival, vienen suscitando la atención popular, cuando no la conciencia de algunos de sus públicos representantes, hasta el extremo de haber propiciado, a instancias, y por partida doble, de Justino Azcárate, una ya lejana adhesión senatorial. ¿De quién es el Guernica? Para arrojar alguna luz sobre la propiedad del debatido cuadro, juzgo oportuno pergeñar o resumir su historia. En enero de 1937, el Gobierno constitucional de la República encomendó a Picasso la ejecución de un gran mural en torno a nuestra guerra civil y con destino al pabellón español de la Exposición Internacional de París. Aceptó Picasso la encomienda y realizó el primer boceto el sábado 1 de mayo de 1937, a los pocos días de haberse perpetrado el bombardeo sobre la villa de Gernika (26 de abril de 1937).

La antelación del encargo deja en claro que el cuadro nada tenía en principio que ver con el incalificable atentado contra la histórica y simbólica población vascongada, aunque, una vez acaecido, sirviera de vivo acicate al artista y diera nombre a la obra. A principios de mayo, Picasso realizó cinco soberbios bocetos a lápiz, en los que se va clarificando, con hondo dramatismo, la escena fundamental del Guernica, para luego darse al análisis pormenorizado de sus nueve protagonistas. Aparte de los dos grupos de aguafuertes titulados Sueño y mentira de Franco, no se decidió nuestro hombre a llevar al lienzo lo que había de ser su obra más celebrada, sino tras la prueba y reprueba de una holgada veintena de bosquejos, cada cual más portentoso.

¿Adquirió el Gobierno de la República el cuadro, una vez que Picasso lo diera por concluido? No. Únicamente se comprometió a compensarle (como igualmente ocurriera con los otros artistas españoles participantes en la Exposición Internacional de París) en cuanto a trabajo y materiales. ¿En qué cuantía? No está clara la cosa, o se halla a falta de alguna o toda documentación. El único documento escrito que al respecto puede esgrimirse es una carta que Max Aub dirigió a Josep Renau, director general de Bellas Artes en el período republicano y vehículo oficial, en consecuencia, del encargo que el Gobierno de la República hiciera a Pablo Picasso. La carta está datada el 8 de noviembre de 1965 (¡ya había llovido un tantico hasta el entonces!) y lo esencial de su texto es lo que sigue:

"Querido Pepe: Me ha costado Dios y ayuda dar con la nota bibliográfica del Guernica de Larrea. Yo recordaba haber visto un ejemplar, porque es libro que se ha editado en inglés. Efectivamente, lo tenía Silvia Herzog. Con una introducción de Alfred Braun Jr., se publicó en Nueva York, en 1947 (...) Pero, desde luego, es una edición del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Y supongo que allí te lo podrán facilitar. Referente a lo que escribes, recuerda que también yo intervine en este asunto y que personalmente fui yo, como agregado cultural de la Embajada, el que pagó a Picasso los 150.000 francos —de entonces— que le dimos como compensación de los gastos materiales, con la condición de que el cuadro siguiera siendo suyo". Vago, impreciso y enteramente fiado a la retahila de unos cuantos recuerdos personales, éste es el único documento (?) que por parte de los gestores de entonces puede hoy aportarse en lo tocante a la propiedad del Guernica y a la suma que a Picasso le fue (o no) entregada como pura y simple compensación. No deja a uno de sorprenderle la supina ignorancia de que Max Aub y Josep Renau hacen gala acerca del libro de Larrea, el primero de cuantos se hayan escrito en torno al Guernica, fuente y estímulo de todos los que con posterioridad vieron la luz. Su reciente edición (hace un par de años) en lengua castellana supuso, tras cuarenta años de exilio, el retorno de su autor a España. Vinculado como nadie a Picasso a lo largo de la gestación del Guernica, Juan Larrea (nuestro ilustre paisano) me ha asegurado, personalmente, no tener noticia de esos 150.000 francos, por muy de entonces que fueren. En el mismo sentido, el entonces director general de Rentas, Crescenciano Aguado, ha tenido a bien puntualizar que ppr sus manos jamás pasó tal partida.

El Guernica, compensado o no su hacedor, siempre fue, pues, propiedad de Picasso y, por serlo, pudo hacer, como hizo, donación generosa al pueblo español y encomendarlo, a título de depósito, al Museo de Arte Moderno de Nueva York, en cuyas salas sigue exhibiéndose en auténtico olor de multitud. El hecho escueto del depósito, personalmente firmado por Picasso, y mucho más el de la donación por él formulada, disipan toda conjetura. Está claro, así las cosas, que el asunto quedó y queda a merced de sus herederos y de los rectores del museo neoyorquino. Son ellos, y nadie más que ellos, los que deben entender legalmente del caso, y es a ellos, y a nadie más que a ellos, a quienes han de dirigirse ruegos y solicitudes de urgencia en cuanto al traslado del tan controvertido cuadro, de acuerdo con las cláusulas establecidas por nuestro inmortal.

¿Cuántas y cuáles son esas cláusulas? Dos y muy precisas: el restablecimiento de la República y la exigencia de que el cuadro, una vez venido a España, sea colgado en el museo del Prado. Por lo que hace a la primera de ellas, tanto los herederos de Picasso como los mandatarios del museo de Nueva York entienden, interpretando los deseos del pintor (y no deja de ser arriesgada o simplemente peregrina toda interpretación de voluntades postumas), que las condiciones democráticas existentes actualmente en el Estado español se avienen de lleno, aunque no haya República, al espíritu del documento redactado por Picasso. El ya citado Roland Dumas, abogado de la familia Picasso, exigía en un principio que la naciente democracia alcanzase un cierto grado de consolidación y proponía como prueba un plazo de diez años (no deja tampoco de ser peregrina y caprichosa la previsión cronometrada de una pura expectativa de futuro) que luego quedaron reducidos a dos y hoy se dan por efectivamente cumplidos.

De otra parte, es de saberse que tanto el abogado Dumas como el director del Museo de Arte Moderno de Nueva York, señor Rubin, fiaron la credibilidad de nuestra democracia al reconocimiento de los partidos políticos en general y a la particular inclusión del Partido Comunista, del que Picasso, cosa sabida, era miembro. Parece, en consecuencia, harto razonable y eficiente que sean los partidos políticos, antes y por encima del Gobierno, quienes inicien y aceleren las gestiones de cara al traslado del Guernica. Y es en tal sentido en el que las dos intervenciones de Justino Azcárate en el Senado se nos ocurrieron y resultarán del todo coherentes y eficaces, siempre y cuando las fuerzas políticas investidas de representatividad pongan toda la carne en el asador para que el Guernica venga cuanto antes a su verdadero destinatario: el pueblo.

En cuanto a la otra cláusula de la donación picassiana, no hay excesivo margen para la duda y difícil se hace, en principio, otra interpretación que la derivada de la lectura literal del documento, cuyo espíritu dice directa relación con una circunstancia específica: que, una vez venida, la obra quede instalada en el museo del Prado. La motivación, el título mismo del cuadro y la fecha, incluso, en que Picasso lo inició hacen muy explicable que amplios sectores de Euskadi propongan la donación y el traslado del Guernica a la propia villa de Gernika. ¿Será ello posible? Muy difícil, desde un punto de vista puramente jurídico, a no ser que se llegue a un acuerdo con el abogado Dumas, albacea del testamento, particularísimo intérprete del post mortem y cronometrador oficial, según se vio, de puras y simples expectativas de futuro. Si el señor Dumas ha sabido traducir por democracia lo que figuraba escrito como república, tal vez tenga análogos poderes para suplir los muros del Prado por los de la Casa de Juntas. Por razonable que a uno se le ocurra (y lo sea) la petición o demanda de esos muy cualificados y mayoritarios sectores de Euskadi, va a chocar, de seguro, con las estrictas barreras de la juridicidad.

Este es el status legal y actual del Guernica, y no otros los términos de la relación jurídica a que da lugar la generosa donación que en su día hiciera Pablo Picasso. No nos parece mal que el Gobierno central nos asegure, de vez en cuando, que está llevando a cabo las gestiones pertinentes cerca del Gobierno norteamericano para la devolución (?) de la excepcional pintura picassiana. ¿Vienen al caso semejantes gestiones y a tan alto nivel? No. "Lo único que puede hacer el Gobierno español —me confesaba José Mario Armero, experto excepcional en la juridicidad del asunto— es ejercitar alguna manifestación formal de posesión". Y eso es, justamente, lo que hizo Francisco Fernández Ordóñez, siendo titular de la cartera de Hacienda: dejarse fotografiar públicamente ante el Guernica, tal cual se exhibe en el Museo de Nueva York; cosa que ninguno de los otros ministros tuvieron a bien hacer, ni antes ni después de él, y cosa que sí hicieron con antelación los representantes de la oposición, Felipe González y Santiago Carrillo. De poco vale cualquier otra gestión oficial, burocrática o diplomática, que no se atenga a los términos expresos (la familia del donante y la entidad depositaría, el museo de Arte Moderno de Nueva York) de la relación jurídica a que el propio Guernica se atiene. ¿Vendrá el Guernica a Gemika? Hay graves dificultades, pero también hay opciones, siempre y cuando se ejerciten corporativamente y por aquel o aquellos a quienes corresponda. Ha de ser el Consejo General Vasco, a juicio mío, el que tiene que entablar triple y simultánea negociación con, la familia Picasso, representada por el abogado Dumas; con los rectores del Museo de Arte Moderno de Nueva York y con los parlamentarios españoles. Ha de instar a Rolan Dumas a la modificación de la segunda cláusula de la donación, del mismo modo que él modificó la primera. Ha de dejarse retratar ante el cuadro (y no sería mala ocasión la que la exposición antológica antes aludida le depara). Ha de persuadir, por último, a los parlamentarios a que accedan al cambio de residencia del Guernica, caso de que en verdad cruce el Atlántico. Si el tercer y último término de la relación es, a título de destinatario, el pueblo español, sean sus legítimos representantes, los parlamentarios, quienes, corporativa y formalmente, soliciten, urjan y exijan que el Guernica venga a España y deje de convertirse en serpiente de estos y sucesivos veranos. De ellos dependerá, en última instancia, el destino locativo de la obra y ante ellos será válida y eficaz, creo, cualquier negociación. Hora es, en todo caso, de que aquella conocidísima reproducción del Guernica que a lo largo de cuarenta años adornó unos cuantos hogares (signo de un común sentir, o disentir, más bien, para con el antiguo régimen) dé paso a la obra original, con la entera seguridad de que seremos muchos, dentro y fuera de Gernika, los agradecidos.

COMÚN - 01/07/1979

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