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CARLOS III EN LA RED DE SAN LUIS

Y el ciudadano Mingote, que pasaba por allí (por la espléndida viñeta, entiéndase, del dibujante Alfredo), se mostró muy de acuerdo con la idea de alzar una estatua ecuestre de Carlos III (por más elocuente homenaje en el bicentenario de su muerte) en la confluencia de la Gran Vía con la calle de la Montera. Ni corto ni perezoso, el ciudadano Antonio Mingote se incluyó en el pulcro dibujo de Alfredo y, compartiendo con él la firma, dejó escrita, a modo de «bocadillo», esta leyenda textual, que uno agradece muy de veras: «¿ Una estatua a Carlos III en la Red de San Luis? Me adhiero a la propuesta de Santiago Amón.»

¡El mejor alcalde, el rey! A nadie mejor que a nuestro Carlos III cuadraría, salvada la edad, el titulo de la inmortal comedia de Lope, descollando incluso aquello sobre esto. Así lo entendió el pueblo llano y lo aireó por toda o mejor memoria. En este mismo sentido (y a la busca, según es uso en la nomenclatura regia, del apelativo más acorde con su gestión) insisto yo en llamarle Carlos III el Urbano, porque fue en el suelo de la ciudad, de nuestra ciudad, donde dejó constancia de su proceder más eficiente y cotidiano (el que va del alcantarillado al empedrado y de la recogida de basuras al alumbrado público).

Hubo de llegar, es lo cierto, el «siglo de las luces» para que Madrid tomara de ellas ejemplo en el decoro nocturno de plazas y avenidas. Al siglo XVIII corresponde, en efecto, el primer proyecto de iluminación pública de la capital de España, debiéndose (¡cómo no!) el empeño a «nuestro mejor alcalde», al buen rey Carlos III. Hasta su reinado las «luces de la ciudad» o brillaban por su ausencia o eran brindadas sólo con ocasión de fiesta mayor al habitante..., o incluso llegaron a depender del culto popular a Nuestra Señora. Lo normal era que, venida la noche, la ciudad quedara a merced de las tinieblas..., y de lo que hoy se ha dado en llamar, no sin motivo, «inseguridad ciudadana».

Con Carlos III llegaron, pues, «las luces» (con su preclara faz académica y su oscuro envés cotidiano), y con ellas, la buena avenencia de lo representativo y lo funcional. ¿Lección para el presente en curso? La funcionalidad y representatividad del «mobiliario público» con que Carlos III (el Urbano) ilustró la ciudad sigue valiendo de ejemplo (¡ya lo creo!) en nuestros días, no menos que el fomento de la obra pública, de la construcción en general, y su riguroso sometimiento (cosa que algunos olvidan) a la ordenanza que él mismo acertó a dictar.

En lo estrictamente vecinal debe quedar el homenaje a un rey más atento a la Villa, quizá, que a la Corte. Yerran quienes proponen monumentos colosalistas en la presuntuosamente llamada «avenida de la Ilustración». La «ilustración» y las «luces» que en verdad nos trajo Carlos III no fueron otras que las del alumbrado público y demás recursos de saneamiento y Policía. Lo suntuoso y palaciego han de ceder, pues, a lo popular y municipal, dando franquía el énfasis de la plaza de Armas o del paseo del Prado al trajín cotidiano de la Red de San Luis.

Ahí, en el lugar mismo que ocupó (de la mano de Antonio Palacios) el airoso templete del Metro y donde hoy vierte su mezquino caudal una fuente realmente indecorosa, ha de asentarse la efigie de Carlos III, la misma que admirarse puede, según quedó apuntado, en el museo de la Academia de San Fernando. Sea de Pascual de Mena o de Manuel Álvarez, la estatua ecuestre, que digo, del rey urbano está pidiendo u voces su traslado a la escala de la ciudad en el mismo concurrido enclave que conforma la calle de la Montera en su encuentro con la Gran Vía.

Empeñado como anda, por suerte, el Ayuntamiento en lavar la cara de la Gran Vía no estaría de más que al lustre de su inmediata restauración material agregara el símbolo ecuestre del rey más urbano y mejor de sus alcaldes en el punto ideal (o núcleo principal de convivencia) del trayecto entero: el punto de encuentro, insisto, con la calle de la Montera. Tal empieza a ser el sentimiento, como hoy se dice, de la «ciudadanía». Y si un solo titulo vale para definir a Antonio Mingote no le irá a la zaga, sobre el de académico y artista, el de buen ciudadano, el de convecino ejemplar.

DIARIO 16 - 08/03/1988

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