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Dudosa vanguardia en la "Artexpo" de Barcelona

El choque inmediato de la contemplación ante lo que en el ingreso mismo del Palacio Alfonso XIII se ofrece al visitante, bajo título de Artexpo-76, Muestra del Arte de Vanguardia, le induce inevitablemente a preguntarse: «¿Arte de vanguardia?» Espumantes marinas, rancios bodegones (de los de caldero de cobre en Pleno fulgor), turgentes desnudos, paisajes portuarios y mesetarios, escenas y despojos de caza (dignos del calendario de Unión de Explosivos), amaneceres tibios, sangrantes atardeceres y algún que otro claro de luna..., constituyen el pórtico de esta primera edición de la feria nacional del arte, recién inaugurada en Barcelona. Del todo peregrino resulta que las dos galerías que abren el ferial sean, posiblemente, las más cualificadas (a nivel, como hoy se dice, de Estado español) en la exhibición de lo caduco, anacrónico y desafecto del discurrir del arte (y del reloj). Pasado el primer susto, apenas traspasado el primer umbral, la cosa parece corregirse y encauzarse, si no hacia derroteros estrictamente vanguardistas, hacia algo congruente con el sentido de nuestro tiempo. ¿Por qué, entonces, se han colocado en la vanguardia del palacio ferial las dos galerías más de retaguardia en la cuenta de lo que en él se expone? ¿Irónico golpe de efecto? ¿Inusitada versión dadaísta? ¿Falta, tal vez, de auténtica profesionalidad?

Sin ignorar que en otras ferias de mayor rango (a ejemplo de la de Basilea) se viene dando por arte actual el alumbrado en lo que va de siglo, no podemos compartir manga tan ancha como la que han cortado los organizadores de la de Barcelona. Arte actual supone, ante todo, arte, y vanguardia implica compromiso con las demandas del tiempo. Jamás debieron admitir los galeróforos preocupados, de algún modo, por lo moderno la presencia minoritaria, pero prioritaria, de los retrógrados; o, admitida, tenían que haber renunciado a las pretensiones titulares y subtitulares.

Difícil es, en efecto, que nuestros galeróforos actúen como verdaderos profesionales, exentos, cual lo están, de todo vínculo recíproco de profesionalidad. Y no es que venga yo a velar por sus intereses (que no es labor mía) o a ordenar su mercado (del que apenas si entiendo). Trato llanamente de sugerir que si esta naciente feria quiere emular, en sucesivas ediciones, a las que anualmente se abren y cierran por otros pagos (piénsese, presididas por la de Basilea, en las de Washington, Colonia, Bolonia, París ... ). exige de sus organizadores-galeróforos una elemental constitución-jurídico-gremial, sumisa a estatuto o a una cierta normativa en cuanto a los intereses del común.

Son millar en España las galerías de arte, y no existe una simple asociación oficial que las aglutine y encauce sus propuestas colectivas que garantice y fomente sus iniciativas y venga también a sancionar imposiciones y deserciones, privilegios y caprichos. Me creo que en España (con su boom y su alocada fiebre inversionista) el único país de Europa y América que no cuenta con una Asociación Oficial de Galerías. Y así nos luce el pelo cuando salimos fuera (aún está reciente el mal ejemplo de Basilea) o cuando, como en el caso presente, decidimos estrenar una feria tan contradictoria como pretenciosamente titulada.

«Mientras no se rompa el paraguas, no hay nada que hacer», me dijo un expositor, consciente y consecuente, apenas abrió sus puertas esta presunta Muestra del Arte de Vanguardia. ¿Qué paraguas? El que, por su prestigio y poder, está en las manos de un par de galerías (tal vez una), a cuyo cobijo acuden las otras (o algunas de las otras). Si el paraguas se abre, hay posibilidad o acicate de concurrencia para los eventualmente guarecidos. Si el paraguas se cierra, pues a mojarse (y no precisamente el glúteo) o a esperar tiempos mejores. ¿Y si el paraguas se rompe? Entonces, sólo entonces, se haría imperiosa la constitución de una asociación galerófora (con su sede, su personalidad jurídica y estatutos... y con la posibilidad de organizar galeroferias como las que año tras año, se abren y cierran por el mundo). Ante el anuncio de una muestra de mayor o menor prestigio (y, mucho más, si, por naciente, queda a expensas de sola expectativa), nuestras galerías se miran de reojo, fingen condiciones («si no va fulano, tampoco voy yo»), simulan consultarse... cuando, de hecho, todas están pendientes del paraguas.

¿A quién no le ha sorprendido que una feria como la de Barcelona, programada a lo largo de todo un año, se haya visto exenta de toda publicidad o simple anuncio, hasta la víspera misma de su inauguración? ¿Ha tardado acaso 365 días en abrirse el paraguas? Tal y no otra es la verdad. A unas semanas de la inauguración, aún no habían decidido las galerías de Madrid (y de Bilbao, Sevilla, Valencia, Gijón, Oviedo, Palma de Mallorca, Zaragoza, Granada, Toledo... ) si concurrir o desertar. Un auténtico tira y afloja ha mantenido en vilo a nuestros galeróforos, inciertos o precavidos de no mojarse (ahora sí) la región glútea. Al fin, todo ha quedado subsanado y recompuesto, merced a la reducción, rayana en la gratuidad, de las tarifas que la organización (¿) había previsto (de las 50.000, por módulo normal, se ha pasado a las 7.000 pesetas). No, así no se funciona. Se pretende que la Artexpo adquiera, en la próxima edición, un carácter o alcances internacional. Mucho han de mejorar las relaciones profesionales, o del todo inevitable se va a hacer un estatuto asociativo, si quieren que el proyecto prospere. Ni es formal, ni siquiera lucrativa (cuando en el juego van pingües intereses) la oferta de los stands por el sistema de drásticas rebajas.

Otros cuantos son los problemas concernientes, y no precisamente positivos, a esta Artexpo-76. ¿Hasta qué punto no se ha pretendido paliar con ella la súbita mengua del boom artístico-mercantil, en general, y de la barcelonesa calle Consejo de Ciento en particular? ¿No es sintomático que se la haya hecho coincidir, a una mano, con el tinglado internacional de Hogar-hotel, posible fuente de visitantes y, dadas ciertas concomitancias, de hipotéticos compradores? ¿Por qué tanta prisa en adornar con actos culturales, abocados al fracaso, lo que nació lentamente y de propósitos poco adictos a la cultura? ¿A qué, sino a consciente negativa, obedece la ausencia de todo asesoramiento específicamente cultural?

¿Virtudes? Naturalmente que las hay. Diré, en primer lugar, que la Artexpo consta de dos secciones perfectamente delimitadas y nada ajenas al montaje habitual de las más reconocidas internacionalmente: la feria en cuanto que tal, y el apéndice ilustrativo (equivalente en todo al pabellón monográfico de la de Basilea) que, bajo el título de Barcelona Centre d'Art, se sitúa, material y conceptualmente, en las antípodas del anacrónico y tristísimo espectáculo preambular, líneas arriba aludido.

El resultado de la feria propiamente dicha puede serle al público mucho más aleccionador (aun carente de toda orientación didáctica) que no pocos de los actos oficiales, destinados a tal fin. En ella consta, salvo tal cual laguna, lo que realmente es el arte español de nuestros días, con sus excesos y cortedades, arbitrariedades y hallazgos, magisterios y emulaciones. El resumen, en fin, de esta galeroferia viene a corroborar la aportación, más que marginal, que las galerías comerciales han llevado a cabo, voluntariamente o no, en el campo educativo o en el simple informe del arte de nuestra edad.

Lo que, por otra parte, ya no es vanguardia, o merece mención de clasicismo, fuera de las fronteras, sigue siendo, dentro de ellas, causa de desconcierto o piedra de escándalo. Referida, pues, al público en general (nada masivo, por desgracia, en el soberbio Palacio Alfonso XIII), esta exposición, eminentemente comercial, puede suponerle una pauta de conocimiento, muy superior, desde luego, al que recibe, por ejemplo, en la docencia oficial. Hecha excepción de aquéllo que se expone en el vestíbulo, ¿no refleja acaso la Artexpo lo que, con mejor o peor fortuna, podemos mencionar como vanguardia española?

Del apartado monográfico (Barcelona Centre d'Art,1939-1976) he de decir que a duras penas traduce los propósitos de sus mentores. Si con él se quiso resumir didácticamente el discurso del arte barcelonés, desde el final de la guerra civil hasta nuestros días, son, ciertamente, más los rotos que los cosidos. Las cinco secciones de que en principio había de constar («De la desfeta al Dau al Set», «L'informalisme», «Realisme social», «Nou Realisme» y «L'Art pobre i l'art conceptual»), han arado en un conjunto confuso, mal montado y peor iluminado, en el que los experimentalistas de la imagen (reducida a meras fotografías) se llevan la mejor parte.

El ámbito expositivo (incluida su certera disposición y excluida su iluminación, harto defectuosa) nada tiene que envidiar al de otras latitudes. La feria asienta, a fin de cuentas, sus reales en un pabellón de tradición ejemplar e internacionalmente reconocida. Otro tanto cabe decir del catálogo: correcto diseño, excelente impresión, claridad y amplitud en el sistema de nomenclaturas..., a la altura de los que se venden en las ferias más prestigiosas. No es, por supuesto, muy halagüeño que lo mejor de esta primera feria del arte (tras la lejana de 1929) haya de buscarse en la excelencia del pabellón y en la buena traza del catálogo.

EL PAIS - 11/11/1976

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