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ADIOS AL EXTRANJERO

Hemos entrado en Europa y hemos perdido el “extranjero”: una porción de tierra esencialmente ambigua y comúnmente así invocada. Haber salido al extranjero suponía, en tiempos crudos de la dictadura, todo un signo de prestigio matizado con un guiño de complicidad e incluso de clandestinidad. Poco e poco se fue haciendo más asequible el paso y menos deslumbrante la aventura por la costumbre misma de tener el extranjero al alcance de la «pequeña pantalla», que todo lo reduce y vulgariza. Hemos pasado, en fin, (de acuerdo con el juego etimológico tan grato a Unamuno), del “entrañamiento” al “extrañamiento... y Dios dirá.

¿Otros alcances con no oculto matiz de gracia o galardón? El viaje de novios. Alzados los manteles era requisito inexcusable (entre gentes celosas de su propia estimación) emprender viaje a Palma de Mallorca para luego gozar de la luna de miel en “diversas ciudades del extranjero”. Todo el mundo tabla que la cosa iba a desglosarse unos metros mal allá del Pirineo (en casa, no pocas veces, de un exiliado o protoemigrante). Tratábase de una formula compartida y respetada; prueba ritual (¡quién sabe si sacramental!) de ana cierta “posición”, u ocasión, que ni soñada, de estrenar pasaporte y libro de familia a un mismo tiempo.

Y si de «parejas» va la historia, venga también de «ligues». Tiempos fueron aquellos de presunta conquista, de comer tantas o cuantas roscas y narrar tales y cuales batallas libradas en el extranjero y sobre extranjeras. El rito exigía aceptar, sin más, los éxitos amorosos del vecino para no poner en entredicho los propios. Dejar a alguien en evidencia o insinuarle fracaso ante gala, escandinava, sajona o frisona constituía falta de patriotismo. Era la «raza» la que salía victoriosa. La intransigencia misma de la «censura» tendía en estos casos, y en razón de lo dicho, a hacerse un algo tolerante, por no decir del todo complaciente.

Aherrojados por la «entraña» de lo nuestro, nos sentíamos «extrañados» (más allá del rasgo etimológico) ante lo de fuera. Pero, ¿qué era el extranjero? ¿Cuáles sus límites? El extranjero empezaba (y generalmente concluía) en Francia, no habiendo otra linde que la establecida por los montes pirenaicos. «Si vas al extranjero —sugería el amigo al viajero de turno— tráeme el "París-Hollywood" y una reproducción del "Guernica".» Erotismo y política centraban los extremos de lo aquí vedado y libre allende la frontera. Ambos pájaros podían matarse en Francia de un solo tiro, siempre y cuando en de puente de Irún «se engordase la vista».

El extranjero caía, digo, allá, liada el Pirineo. Portugal era simplemente Portugal; con un par de kilos de café quedaba zanjada la posible discordia. Y de pronto la pertinaz referencia (y diferencia) de antaño viene hogaño a convertirse en añoranza. ¡Adiós el extranjero? ¿Un consuelo? Que Portugal, pese a su inclusión en el mismo «paquete», sigue estando donde siempre estuvo. ¿Una propuesta audaz? La aireada por la “posmodernidad” en ejercicio: el urgente trazado de un eje «Lisboa-Madrid-Barcelona-Roma-Atenas» (y siga Francia en el extranjero). ¿Una pérdida irreparable? Hemos dejado de ser la reserva (espiritual) de Europa.

DIARIO 16 - 07/01/1986

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