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EL PREJUICIO Y EL ÁTOMO

A la larga será más fácil deshacer un átomo que deshacer un prejuicio.» Así de clara y cruda brotó de labios de Albert Einstein la visión del «progreso» (o la discordia, si usted quiere, entre la ciencia pura y la humana condición). Se deshilo, en efecto, el átomo y volvió a deshacerse y terminará por deshacernos a todos..., en tanto el prejuicio sigue fiel a si mismo, irreductible e incólume. Díganlo, si no, los habitantes de Chernobyl que en sus carnes han sufrido las “veleidosas consecuencias” de unas «premisas inmutables» para el que las dicta y para quienes las han de cumplir.

¿Prejuicio? Voz derivada de la preposición latina “prae” (antes, delante, por delante) y el sustantivo (no menos latino) “iudcium”, que en castellano significa «juicio». ¿Prejuzgar? Juzgar las cosas antes del tiempo oportuno o sin tener de ellas cabal conocimiento; cifra común de dogmatismo y consiguiente mal ejemplo de obstinación. Para nada cuentan los hechos consumados, ni la opinión coincidente del resto de la barriada, por más que se opongan a la de quien con error aireó la suya y la mantiene a ultranza. El nunca se equivoca; es la realidad la que, muy a su pesar, falla a veces.

No, quienes planearon (que de «plan quinquenal» iba la cosa) la central nuclear de Chcrnobyl no “contemplaban” la catástrofe. Ha sido ésta algo “subsiguiente”, pero no «consecuente». De ningún modo (¡faltaría más!) han fallado los «cálculos»; falló, otra vez, la propia realidad. Así, y con análogo sentido de la lógica, lo han entendido quienes ponían el grito en el cielo cuando el “escape” aquel (no cruento, por cierto) de Harrisburg y mantienen ahora un silencio delator; que no hay prejuicio peor que el derivado del dogmatismo en la voz del que impone y en la oreja del que acata la consigna.

Átomos y más átomos se han deshecho, y prejuicios y más prejuicios se han conformado, desoída la advertencia de quien conocía lo uno en la misma medida en que detestaba la otro. Prejuzga, a fin de cuentas, el «sistema», que es uno y solo, aunque la «opinión» se empecine en presentar como extremos antagónicos los que de hecho son puntos geográficos (este y oeste) de una única realidad. Dogma y prejuicio guardan una estricta relación de identidad, vengan de donde vengan los tiros (perdón, los átomos) y vaya por donde vaya la «nube radiactiva», que no es precisamente hacia el «progreso».

¿Progreso? ¿Guerra? Vinculando ambos datos, exclamó Einstein: «No sé cómo será la próxima guerra; depende de la fecha, pues todos los años se inventan nuevas armas. Pero en la guerra siguiente a la próxima las armas serán... las piedras.» ¡Todo un retomo, por vía progresista, al Paleolítico! Privilegiado conocedor de posibilidades y objetor contumaz de prejuicios, dejó Einstein bien acunada esta sentencia: «El progreso es sólo el cambio de nuestras incomodidades y conflictos por otras incomodidades y conflictos más perfeccionados.» Quien lo dude, pregunte al vecindario de Chernobyl.

DIARIO 16 - 05/05/1986

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