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Del jefe al portavoz

Abrazo va, cohíba viene» (o «abrazo viene, cohiba va», con la fisga y gracia de la rime interna). A tales términos quiere Fraga Iribarne reducir el porqué del incidente callejero provocado por unos (poco) diplomáticos cubanos, predominando en la opinión del líder aliancista, me creo, la consonancia sobre la consecuencia. Grave cosa parece, y más siendo del gremio, confundir la diplomacia con chapuza o las témporas con los bajos de la espalda. Tratar de llevarse por la fuerza a un disidente en pleno tráfago urbano es, en relación con la diplomacia, tanto como secuestrar en su airoso vuelo a un arcángel, de acuerdo con la teología.

«El incidente cubano es consecuencia de la política de abrazo va y cohíba viene». No, don Manuel. En el toma y daca de esto y aquello prevalecen, sin duda alguna, los signos inequívocos del ritual ejercicio diplomático, y usted lo es de carrera, con el número uno en la oposición (en la de ingreso en cuerpo tan distinguido y en el Congreso, por si fuera poco, de los Diputados). Si penoso resulta el «incidente cubano» es, justamente, por quebranto de forma: el abrazo de rigor y el cohíba de buen olor se han visto suplidos, a manos (o manazas) de sedientes diplomáticos caribeños por la más torpe de las chapuzas.

«Diplomacia» y «diplomático» provienen de la voz griega «diploma»: «Lo que se dobla» En su acepción material, un diploma es un documento, un papel, que se dobla o enrolla, extendiendo su significado primero a todas sus otras derivaciones. Actuar diplomáticamente equivale, por tal modo, a hacerlo con pliegues, repliegues, dobleces y rodeos. La diplomacia incluye, en efecto, sagacidad, ambigüedad, cautela, reticencia, disimulo... y todas aquellas pautas de conducta que en la «política de abrazo y cohíba» se sobreentienden, y muy en entredicho dejaron en su gesta madrileña los heraldos chapuceros del camarada Fidel.

Y del jefe, al portavoz; que si Fraga Iribarne da en reducir a chapuza la diplomacia, Herrero y Rodríguez de Miñon se excede, para evitar aquélla, en la cautela y ambigüedad que ésta, como digo, demanda. «Coalición Popular se disolverá tarde o temprano.» Así acaba de expresarse el sobredicho portavoz; así, con la elocuente y contundente seguridad y sagacidad del profeta, para asombro y aviso de los más confiados. Disolverse, señor Herrero y Rodríguez de Miñón, todo se disuelve, y durar, lo que se dice durar, sólo es propio de la «temporalidad sin adjetivo», que el filósofo Henri Bergson llamó, sintomáticamente, «duración».

Imperios más rumbosos, incluido aquel en que el sol no se ponía, pararon en disolución inexorable. Todo (no sólo la coalición, popular o impopular, de la que su señoría es portavoz) se disuelve, y ustedes mismos se harán en su día unos «disolutos», por mal que les suene y sin que el augurio exija la lectura del «Eclesiastés». A la atención de gobernantes y opositores sigue expuesta la sentencia de Machado («ni Gobierno que perdure, ni mal que cien años dure»), no debiendo tampoco olvidarse lo que el criminal de la Guindalera, fiel a la cifra, proclamó a la hora de ser ajusticiado: «Dentro de cien años, ¡todos calvos!»

DIARIO 16 - 23/12/1985

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